La reconciliación
Ayer por la tarde volví a sacar de nuevo a Curra (que como todo el mundo en el planeta sabe es la perra que una amiga me ha pedido que cuide). No había necesidad, porque Curra estaba como siempre tumbada en su camastro, la cabeza apoyada en las patas y mirando el enchufe de la pared de enfrente, con la misma mirada de quien ve en la televisión un programa aburrido.
En ese momento, me ablandé y tuve una idea: "¡Curra, nos vamos al parque a jugar!". No pareció entender mis palabras porque me miró un segundo y volvió a mirar la televisión-enchufe, esta vez haciendo un gesto con un ojo, como si intentara cambiar de canal.
No tuve más remedio que arrastrarla por el pasillo hasta la puerta, y entonces comprendió que eso significaba "calle", "trote", "libertad", "mear", "cagar" y posiblemente "follar" (sólo posiblemente). Todas esas cosas les pasa por la cabeza a los perros cuando salen a la calle, estoy segura. Y entonces mi Curra empiezó a dar saltos, me puso las patas encima (lo odio) e intentó mover su cola inexistente, la pobre...
Este era el primer intento serio de intentar reconciliarme con la perra, y no puedo negar que la bondad (propia de las fiestas que nos ocupan) me inundó y me hizo sentir bien. Así que, de camino al parque, compré en unos chinos una pelotita de goma, pequeña, para que pudiera caber en su boquita llena de dientecitos afilados.
Entonces hice algo que no suelo hacer: quitarle la correa, ya que por miedo hasta ahora siempre la he sacado bien amarrada, no fuera a salir corriendo, huyendo de mí, y luego a ver cómo se lo explico a mi amiga. Pero ahora no había peligro, éramos ya casi como amigas...
Empezó a olisquear por aquí y por allí. Estaba feliz. "¡Curra, mira, coge la pelota!" Y la lancé a la otra esquina del parque. Curra la miró volar, me miró y... siguió con lo suyo, qué fuerte, estaba pasando de mí... En un intercambio de papeles que no me gustaba nada, fui yo quien corrió hacia la pelota y volví hacia la perra. "Curra, hija, tienes que correr hacia la pelota y saltar para cogerla al vuelo con la boca, miga, agí (dije poniéndome la pelota en la boca; ahora lo recuerdo y me sonrojo)". Curra volvió a mirarme, ladeó la cabeza como si observara a un marciano o a un loco, y siguió olisqueando el árbol. Será puta la perra.
Fin del paseo, fin de la reconciliación, y fin de todo. Y la di de comer, para que no muriera de hambre, que por mí...